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Mi blog de escritos

pau ninja escribiendo
autor de escritos ninja

Autor: Pau Ninja
Última publicación en octubre, 2020

Escritos.ninja viene a ser mi blog de reflexiones e historias en forma de ensayos y relatos. Todo aquello que no tenían cabida en la parte agitada y comercial de mi cabeza.

En este «baúl» explico por qué escribir en primera instancia aprovechándolo como trastero para dejar que algunos pensamientos vayan acumulando polvo.

Por qué escribir

No creo que todo el mundo tenga la necesidad de escribir pero sí la necesidad de expresarse.

Escribir es sólo una manera de hacerlo y parece que va más enfilado conmigo que bailar, dibujar, pintar, tocar un instrumento o hasta gritar o empezar a dar revolcones en el suelo con mi cuerpo.

Escribir de vez en cuando es la forma con la que me siento más conectado. Como si los pensamientos, el momento y las acciones se alinearan en un triangulo más comprensible que el de los Illuminati.

Pero que me sienta más sincronizado con los textos no significa para nada que el resultado final sea bueno. Aunque me jugaría el rollo de papel en el que Kerouac escribió «En el camino» a que soy mejor escribiendo que pintando o bailando.

Que se lo digan a mis profesores de jazz. Mi falta de ritmo es tan grande que hasta Nina Simone hubiera tenido problemas componiendo una canción sobre mis piernas y brazos arrítmicos.

bailando lindy hop
Lo único que me va a ritmo son las taquicardias cuando hago clases de Lindy Hop intentando sincronizar mis miembros al tempo del Swing para que mi pareja de baile no piense que soy manco.

Me sienta mejor plasmar esta necesidad de expresión en un papel con símbolos aceptados por la lingüística elegida, en vez de en un canvas o pista de baile.

Pero independientemente de qué «estilo de expresión» se nos de mejor, todos tenemos una cosa en común a parte de la necesidad de hacerlo. La necesidad de compartirlo.

Es por esto que guardamos el dibujo del caballo aunque parezca un ñordo en un taburete. Por eso nos grabamos cuando aprendemos el Swing-Out. Por eso nos atesoramos el diario del año cuando se termina aunque no tengamos intención de leerlo nunca jamás.

Tal vez para demostrarles y sobretodo demostrarnos que hemos vivido y lo que estábamos sintiendo en ese momento.

De algún modo queremos encapsular la expresión de ese instante y mostrarlo. No necesariamente a una audiencia tan grande como el tamaño de nuestro ego, pero tal vez para compartirlo con nuestro yo futuro o familiares y amigos.

Uno de mis libros favoritos «The Social Leap» cita como de interiorizada está en la naturaleza del ser humano esta necesidad de compartir.

Y no es el único autor relevante que lo piensa.

En el libro de «Sapiens», el historiador israelí Yuval Noah Harari remarca que lo que diferencia al homo sapiens del resto de animales es la capacidad de crear un mundo imaginario y que pueda ser compartido.

Una habilidad que ha hecho que podamos difundir historias como religiones, leyes o burocracia. Esto es lo que nos ha permitido movilizar de cientos a millones de miembros de la misma especie hacia una misma dirección. Así ha conquistado la Tierra la manada más extraordinaria que ningún mamífero haya podido manejar jamás.

Pero la oportunidad de compartir lo que expresamos es una arma de doble filo y las redes sociales nos lo han demostrado en las últimas décadas.

Es tan fácil como entrar en Instagram y abrir el directo de una de esas personas que llegan a emitir su vida durante las 24 horas del día.

destruyendo redes sociales

Pero que sobre-compartamos no significa que se tenga que eliminar esta opción por completo sólo porque ya la hemos prostituido.

Como siempre la solución no está en el blanco o negro, pero en un tono de gris. Y no hace falta leer historia para sentir dentro nuestro que se quiere compartir un momento, una experiencia o la expresión de una de estas dos cosas.

Hace unos años me fui a viajar por el sur de Nueva Zelanda y aproveché para hacer de voluntario en un centro de animales.

caravana en la naturaleza
Dormía en una caravana en medio de la naturaleza. Suena muy bien pero no tenía baño.

Una noche el grito de un falageriforme me despertó de sopetón. Digamos que no fue el único llamado de la naturaleza que hizo que me levantara de la cama. Me entraron unas ganas terribles de plantar un pino (aunque en esa área ya había árboles de sobra).

Eran las dos de la mañana y estaba solo, así que me puse al lado de un tronco para plantar otro.

Con los pantalones bajados y en cuclillas vi que eso me tomaría algún minuto extra. Desvié mi atención hacia arriba y allí estaba.

El cielo más estrellado que haya visto jamás.

Ni la falta de luz de los alrededores o la inexistente polución me eran suficiente para contar correctamente los puntitos de luz que me iluminaban. Ese cielo era «demasiado» y al número de estrellas demasiados para contarlos.

Fueron unos instantes en el que me sentí totalmente conectado con la Tierra, y aunque fue una experiencia muy personal, al salir de ese trance me hubiera gustado tener a alguien a mi lado a quien poder decir «¿has visto este cielo?».

Tal vez sea por eso que ahora lo dejo escrito, porque aunque no será lo mismo que vivirlo, necesito expresarlo y es mi manera de compartirlo a destiempo.

Pero no creo que la expresión responda únicamente a una necesidad comunitaria.

Si ahora mismo fuera el único humano de la Tierra estoy seguro que el cuerpo me seguiría pidiendo bailar, tocar música, gritar o escribir.

Todos notamos un fuego dentro, por muy pequeño que sea. Un fuego que tenemos que apagar de vez en cuando ya sea con expresión corporal o intelectual. Un fuego que nos hace cantar y bailar en la bañera, por muy arriesgado que sea rompernos la cadera contra la porcelana.

O quizás sean sólo gases de la última cena.

Pero nadie puede desmentir que aún siendo seres sociales dentro de un colectivo inmenso que sigue a las mismas corrientes e historias, y queriendo ser parte de estos círculos, hay algo dentro que nos recuerda que seguimos siendo seres individuales.

Dos personas pueden intentar escribir sobre el mismo tema, bailar la misma música, dibujar el mismo paisaje o tocar las mismas notas pero el resultado tendrá un aire distinto en cada una de ellas.

Es por esto que doy tanto importancia a escribir. Es mi forma de expresión y sólo yo puedo escribir como lo hago yo. Ni mejor, ni peor.

¿Gusta más o menos a los demás? Sin duda. Pero nadie lo puede hacer igual que yo.

Experimento exactamente lo mismo bailando jazz aunque me sienta menos conectado.

La expresividad es la forma más pura de individualidad y todos necesitamos acordarnos de que somos individuos. Por mucho rebaño al que sigamos.

Será porque seguimos a una colectivo inmenso por esas historias que nos contamos y queremos recordarnos que también somos seres individuales. Queremos transmitir y dejar algo atrás. Aunque sea durante algunos segundos y a modo de secreto entre el viento y nosotros.

Cuando nos expresamos lo podemos llegar a hacer con tal conexión entre nosotros y ese arte u oficio, que incluso los demás pueden llegar a experimentar una parte de lo que hemos sentido mientras lo creábamos.

La prueba está en cuando nos ponemos unos auriculares para escuchar a esa canción que tanto nos gusta. Hay algo que nos hace cerrar los ojos para prestarle más atención.

Como si no quisiéramos que los otros sentidos interfirieran en intentar experimentar lo que su creador expresaba.

Siempre me he dicho que en algún momento aprenderé música y empezaré a crearla. Quiero formar parte de esto. O cuando veo a un par que bailan Lindy Hop muy bien me digo, voy a tomar clases intensivas y a practicar cada día por muy manco que sea.

Es como si al ver alguien que lo hace muy bien nos transmitiera las ganas de hacerlo. Después lo probamos y nos damos cuenta de que somos un Mr. Potato y que como Mr. Potato necesitamos que haya cierta estructura y las piezas del día a día se coloquen donde tienen que ir para crear la mejor armonía.

Fases del escritor motivado

Hubo un momento de mi vida en el que descubrí los libros de Kerouac y Bukwoski. Lecturas muy simples, directas y sin intención de hacer nada perfecto. Sólo de hacerlo. Así que al igual que cuando vemos a alguien que baila o toca música muy bien, nos vienen unas ganas de intentarlos.

Empecé a escribir microrrelatos de mierda imaginándome que saltaba a trenes de carga con una libreta, pasando frío y durmiendo en un vagón lleno de runa para después trascribirlo todo con una Olivetti.

hombre escribiendo
Si no fuera por el pelo y la tablet, este podría ser yo.

Después abría los ojos y seguía en casa de mis padres con un papel más blanco que mis mente y un bolígrafo más lleno que mi rutina diaria.

Pero escribí algo.

La noche siguiente hice lo mismo. Pasaron los días, abrí la carpeta donde guardaba los folios y me leí los garabatos. Mi conclusión fue que no eran alucinantes.. Pero me gustó lo que leí.

¿Cómo no me iba a gustar lo que decía si eran mis opiniones? Era eso o aceptar que tenía varias personalidades.

Pero no sólo me gustaron las ideas, también la forma de transmitirlas y sobretodo ese proceso nocturno de te o de rutina mañanera con café.

Supongo que no me desagradó por qué nunca antes había expresado un proceso similar en el que me sintiera en sintonía y ese era el resultado menos embarazosos de todas las otras formas de expresión que había probado.

Cuando hago clases de baile, el ego se pone entre medio. Reflejo en mi conciencia la imagen que proyecto para los demás como si les importara, y termino moviéndome como un robot con falta de una revisión mecánica.

¿Cómo se explica si no los movimientos de Michael Jackson que soy capaz de hacer cuando me aseguro que estoy solo en mi cueva?

Escribiendo siempre estoy solo y eso hace que el ego interfiera mucho menos. Por eso escribir es mi forma de expresión más libre.

Las palabras van donde les digo. Pero a diferencia de un perro adiestrado siguiendo las ordenes del pastor, el texto es una extensión de quien lo escribe.

Símbolos que se pueden ordenar de millones de maneras distintas, y queriendo decir la misma cosa existen órdenes más armónicos que otros.

Los escritores que encuentran la sintonía más armónica son los que etiquetamos de «bueno escritores». Y los que como yo no encontramos esa sintonía pero lo seguimos haciendo, ni siquiera no nos etiquetamos de «malos escritores» o de «escritores» a secas.

Simplemente abrimos un blog de escritos porque la necesidad seguirá allí.

Todo escritor también es lector, y yo me he leído a mí mismo.

Pero no voy a caer en esa trampa de llamarme escritor o autor. Como dije en un tweet:

Y no.

No voy a forzarme a expresarme cuando no tengo nada que expresar.

Para esto ya existen los trabajos convencionales o las obligaciones familiares.

Con pluma

Empecé a escribir con pluma en un cuaderno de notas de color amarillo como los que usan los creativos publicitarios en las series y películas americanas.

cuaderno de notas amarillo
Cuando lo hago no tengo ni de lejos una pinta tan elegante.

Escribir con pluma en un cuaderno así es muy lento. Pero si te pones un par de velas y música chill out es bastante motivante para hacerlo por la noche.

Aunque sea menos cool prefiero hacerlo con ordenador en mi despacho minimalista.

Con diario

Nunca fui de escribir a diario, pero lo empecé a hacer en mi Medium para dejar algo atrás y poder hacer balance en el futuro.

Como sé que no voy a leerlo de nuevo si lo hago por mi, lo hago de forma pública y para internet. Eso me ayuda a hacer balance año tras años y además, de dar «un título» a cada año que empieza para poder hacer así como uno de mis objetivos.

Un blog

Hace gracia pensar que la mayoría de personas que piensan en dejar atrás algunos escritos, empiezan con un blog por puro amor al arte y por esa idea de compartir. Para ellos monetizar el blog y hacer algo de dinero con ello viene más tarde, pero para mí fue al revés.

Empecé mis primeros blogs con la idea de hacer dinero con ellos. Nunca me he ocultado de ello porque me parece totalmente lícito.

Es como si la gente señala con el dedo a un constructor porque ha empezado a construir una casa para un cliente sólo para hacer pasta con ello… Pues claro.

Lo mismo hice yo con los blogs y los textos ni siquiera los escribía yo. Contrataba a redactores que me hacían publicaciones bajo mis indicaciones.

Pero después pensé, ¿por qué no compartir algunos de mis ensayos?

Los empecé a utilizar para guiones del podcast con el mismo título que mi blog: «Pau Ninja». A los oyentes les gustó mucho más de lo que me esperaba, así que empecé a tener una excusa para escribir más: grabarlo para el podcast.

Un libro

Agradezco el día en que el fundador de Amazon, Jeff Bezos, permitió hacer la autopublicación de libros tan sencilla.

He podido sacarme algunos pocos cientos de euros al mes de la venta de mis libros autoeditados, pero como los lectores de libros son más críticos que lo de blogs, esto me ha hecho que reeditara una y otra vez algunos de los que tengo para satisfacer a los que me leen vía Kindle.

Es por esto que el libro no me gusta tanto en comparación con un blog. Acabo generando una versión que va más destinada al lector que a mí mismo, a diferencia de este blog de escritos.

Pero la autopublicación no es toda la experiencia que he tenido con los libros.

Después de salir en El País, tuve la oportunidad de publicar un libro con la Editorial Planeta.

El manuscrito inicial que mandé fue una carta a mí mismo, que terminó convirtiéndose en un híbrido de guía de autoayuda, filosófica y práctica de vivir sin jefes… O en otras palabras: un intento de alto abarcamiento con poco nicho.

El resultado no fue exactamente lo que esperaba y eché de menos el control comparado con los libros autopublicados que puedo ir editando y mejorando.

Pero estoy agradecido.

Agradecido de poder haber vivido aunque sea un tiempo de puramente lo que he escrito con mis propias manos y cabeza.

Puño y letra de los escritos ninja

autor de escritos ninja En internet soy Pau Ninja y esta es mi cara más expresiva. Para combatir la página en blanco apuñalo mi pereza con 100 palabras. En la senda hacia el próximo libro, mi armadura es lo que ya he escrito y mi elixir de vida los lectores.

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